Ole Papa y el gotelé

Ole Papa y el gotelé

Hace más de un lustro que ya no consumo veneno de escenario. Un camerino, o algo parecido, el estómago revuelto, la sequedad en la garganta y la pregunta de siempre: ¿qué cojones hago yo aquí? Unos minutos después te va subiendo, la adrenalina dicen que es; te dejan de temblar las rodillas y al poco, estás tocando la última canción. Todo pasa muy rápido y te quedas con hambre. Quieres más. Y te enganchas, claro.

Y con los años, los baches y los tropiezos, la sensación de fracaso o yo que hostias sé, te bajas y no vuelves a desnudarte en público. Cuesta, como con cualquier sustancia a la que rápidamente se acostumbra el cuerpo. Hubo un tiempo en el que no podía ir a conciertos porque sentía un poco de…, sí, joder, de envidia. Metí todas las guitarras en un armario y tapé con un trapo negro el estudio para que no cogiera polvo. Escondí los discos y las maquetas que habíamos grabado y dejé de escuchar a los grupos que me habían inspirado.

Solo se salvó de la purga la guitarra acústica. Perfectamente colocada en el soporte, servía de decoración en una esquina de la habitación y apenas cambió de posición durante casi un año. Solo los viernes, cuando Anita, una chica polaca que financiada por mi madre, venía a poner un poco de orden en la casa que compartía con Lorena, una de mis hermanas. Entonces la cogía, le quitaba el polvo y la volvía a colocar en el soporte.

No sé si fue porque empezaba a notar que la mano se me estaba acartonando o porque un desempleado de larga duración necesita inventarse los días para no volverse loco. Y como lo de subir al Retiro a montar en bici no me funcionó dado mi nivel de tabaquismo y la empinada cuesta que tenía que subir desde la Avenida Ciudad de Barcelona, pues empecé a tocar con cierta frecuencia e incluso destapé el estudio y grabé algunas bases que con el tiempo se han hecho canciones. Así entendí que lo que me quedaba de todo esto era, es, como dice un amigo dibujante, el gusto por sentir el lápiz sobre el papel, disfrutar de poner unos acordes y cantar unos versos apenas escritos. Qué más da lo demás, pensé. Lo hago por el placer personal. Como hacerse una paja. Es una necesidad. Y bendita necesidad que me ha salvado en los días nublados y me ha empujado en los días de sol. Me refiero a lo de cantar y tocar la guitarra. Lo otro nunca he dejado de hacerlo; ni me lo he planteado. Sí, cantas para las paredes, pero cantas. Mi querido público gotelé, siempre tan fiel. Siempre ahí, inamovible.

Hay un puñado de mujeres y hombres maravillosos, que desde antes incluso de la separación de Los Enemigos, empezaron a organizar un encuentro de seguidores de la banda madrileña en el puente del último mes del año. En estas reuniones, básicamente, se come –muy bien-, se bebe –mucho muchísimo- y se cantan canciones. Se traen grupos a tocar y se juega un partido de fútbol: Raspas contra Porrones. Y para cerrar, se hace una jam con repertorio enemigo y todos los feligreses suben, por orden, a cantar su copla preferida. Es el Desencuentro Enemigo; no sé muy bien porqué ‘Desencuentro’ cuando es un encuentro, pero a mí me da que lo de ‘Encuentro’ sonaba demasiado formal y poco canalla; poco enemigo, vaya.

Entre esta manada, había y hay un tipo flaco, alto, que parece serio y que para decirte una cosa siempre te dice la contraria. Nunca sabes si va o viene. Bueno, es que es gallego. Fue el que nos llamó a Los maRRones para ir a tocar en el V Desencuentro que se celebró en Monforte de Lemos. Un chute moral para el grupo compartir escenario con Josele Santiago que andaba presentando sus Golondrinas, primer disco en solitario acompañado de Pablo Novoa. Pues el gallego flaco, alto, que parece serio y que para decirte una cosa siempre te dice la contraria (apuesto a que fue él el que cambió Encuentro por Desencuentro), hizo todo el esfuerzo necesario para que pudiésemos costear el viaje y encima nos dejó dormir en una casa de su familia. Un gran tipo el Juantxu, que no sé muy bien a qué se dedica pero se tira todo el año viajando, bebiendo cervezas raras y publicándolo en Facebook.

El diciembre pasado, el Desencuentro aterrizó en Guadalajara. Y Juantxu me la tiró por Facebook. O yo se la tiré a él, no recuerdo. Pero dije: joder, el Desencuentro tan cerca. Hay que ir. Así que lie a Guillermo, exbajista de Los maRRones, y llegamos al último día, el de la jam. Lamentablemente no pudimos ir un día antes (tocaban The Godfathers en Madrid) para ver a Los Enemigos, ya de revuelta, que se dejaron engatusar por la organización para ir a tocar en sesión vermú mientras el personal se zampaba una paella. Insólito pero cierto.

Pero antes de la jam, fue la mini-jam en el hotel donde la mayoría estaban alojados. La mini-jam, es un poco como los gitanos y flamencos, que en cualquier lado sacan las guitarras y se ponen a cantar, con niños correteando por medio y tercios de cerveza que llegan llenos y al instante vuelven vacíos. Y Juantxu me la volvió a tirar. Esta vez sí que fue él aunque yo me estaba muriendo de ganas por coger la acústica de Javi, el 5º, y tocar algo junto a Héctor y José “El zurdo” que, con maestría, hacían sonar sus guitarras eléctricas. Y allí me vi cantando, entre otras, ‘Ole Papa’, una maravillosa canción de Josele que se presta mucho para cantar en familia y es una pasada cuando la potente sección femenina del Desencuentro alzan sus voces en el estribillo.

Después de mucho tiempo volvía a cantar y a tocar en público, lejos del gotelé de mi habitación. Otra vez el tembleque de las rodillas, la sequedad en la garganta y el acojone. Pero fue muy fácil porque estaba rodeado de almas gemelas, lejos del mundo alrededor, y no tenía que actuar, solo compartir y dejarme llevar.

También por la noche subí al amplio escenario de la sala Óxido a cantar un par de temas. Especialmente recuerdo ‘Septiembre’ que fue la que cerraba la jam y en la que fui engullido, muy gustosamente, por toda la manada que fue subiendo al escenario hasta abarrotarlo. Una preciosa imagen que como no podía ser de otra forma quedó inmortalizada -en blanco y negro- por Brais G. Rouco, el gran fotógrafo oficial del Desencuentro.

Cuando volví a Madrid, notaba que algo se me había desatado. Nada de pensar en volver al jaleo del rocanrol, ni mucho menos. Pero me toqué el ombligo y, en efecto, se me había desenrollado y tenía un cordón colgando que acababa en un conector jack mono. Entonces entendí que el Desencuentro sería el cordón umbilical que me mantendría enchufado para siempre con el rocanrol y que al año siguiente, sí o sí, estaría en Santander, en el XVI Desencuentro Enemigo. Para volver a cantar lejos del gotelé, para emocionarme de nuevo con las bellas voces femeninas en el estribillo de ‘Ole Papa’ y para seguir conociendo y queriendo a amigas y amigos que nadie me presentó. Y de allí regreso, con el cordón más desatao, si cabe.

Al final de la jam, antes de que miles de besos y abrazos de triste despedida clausuren tamaño evento,  se anuncia la elección de la que será la sede del siguiente Desencuentro. Hay una alfombra-felpudo con una raspa verde dibujada, que es como la antorcha en los Juegos Olímpicos. Se entrega a los nuevos organizadores como testigo para la nueva edición. Y de las manos de Ina, que ha dejado una huella imborrable, otra más, con la exquisita organización en Santander, la alfombra-felpudo fue a parar a las manos de Anxo, Begoña, Pedro y Zapa. Así que el próximo diciembre… ¡Nos vamos a Santiago! Vente.

Madrid, 12 de diciembre de 2016.
fER.

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